Comprensión lectora inferencial

Curso: Habilidades Comunicativas

Estimado señor Flores:
En referencia al aviso publicado el día domingo 22 de junio en el diario El Comercio, donde se solicita una administradora para su prestigiosa empresa, me permito presentar mi curriculum vitae a su consideración.
Mis estudios profesionales, las prácticas realizadas y las experiencias de trabajo en importantes empresas de la capital, cubren los requisitos que indican para el mencionado puesto. Además, deseo seguir desarrollándome en mi campo profesional y ofrecer todo mi esfuerzo en beneficio de la empresa.
En la hoja de vida, que adjunto al presente correo, detallo con exactitud los estudios, cursos, seminarios y mi experiencia. Me agradaría ampliar la información en una entrevista personal, para lo cual quedo a su disposición.
Sin otro particular, lo saluda atentamente,
Lucy

Inferencias
1       1.- Termino hace tiempo la universidad.
2       2.- Tiene buenas referencias de sus distintos empleos.
3       3.- El Comercio busca a una persona capacitada para el puesto que ofrecen.
4       4.- Trabajar en El Comercio es una gran oportunidad laboral.
5       5.- Lucy desea el empleo para poder rendir mejor en su próximo trabajo.


EL FÚTBOL EN PANTALLA 
   Debo decir que las retransmisiones futbolísticas de nuestra televisión me parecen  
   buenas, técnicamente perfectas. La posición de las cámaras (sin olvidar nunca que el 
   fútbol es un juego de equipo donde también juegan los que no tienen el balón), el 
   seguimiento del jugador que corre, el enfoque del que le sale al paso, que en cualquier 
   momento puede convertirse en protagonista; esto es, la visión y previsión de las 
   jugadas, hacen de la televisión española una de las más expertas a la hora de transmitir 
   un partido de fútbol. Técnicamente, pues, no hay nada que objetar. La objeción que se 
   me ocurre apunta a la voz, al acompañamiento literario. Se diría que algunos 
   comentaristas deportivos han olvidado la revolución informativa que la televisión 
   representa respecto de la radio y siguen aferrados a los viejos recursos de la efusividad 
   verbal, esforzándose por traducirnos lo que estamos viendo con nuestros propios ojos. 
   El comentarista de fútbol habla demasiado, incurre constantemente en redundancia, 
   repitiendo para el espectador algo que el espectador ya sabe porque está siendo testigo 
   de ello. Aquella fogosidad de los viejos comentaristas sigue viva en algún locutor, que 
   no acaba de comprender que el vehículo de información actual es el ojo mientras que el 
   oído es un simple complemento. Para perfeccionar las actuales transmisiones de fútbol 
   bastaría con que el comentarista advirtiese que estamos viendo lo mismo que él y que si 
   acaso precisamos alguna ayuda es para que nos recuerde el nombre del jugador que en 
   cada momento tiene la pelota. Nada más. Que Fulano avance a trompicones contra la 
   defensa o que Zutano sortee habilidosamente a tres contrarios son cosas que saltan a la 
   vista: ante la nuestra, también. Sobra, por tanto, toda referencia al respecto.
   Cuando la radio era el único medio de transmitir un partido, los comentaristas no sólo 
   tenían que informarnos verbalmente de los pormenores, sino, a ser posible, envolver la 
   jugada en una cálida verbosidad que conmoviese nuestra sensibilidad deportiva. 
   Aquellos hombres, su palabra, solían conseguir este milagro; de ahí que se les 
   considerase unos auténticos hombres de radio. Pero todos sabemos que la televisión es 
   otra cosa. La televisión nos muestra lo que está ocurriendo en el estadio y, en 
   consecuencia, es absurdo que simultáneamente alguien nos lo cuente. La retórica resulta 
   superflua, gratuita y ridícula. El espectador de un partido de fútbol suele estar bastante 
   informado del reglamento como para interpretar por sí mismo las jugadas que se desarrollan ante sus ojos. Por eso, en lugar de parlotear, lo que hay que hacer es 
   reconocer a la imagen toda su pureza y expresividad. Y explicarla únicamente en 
   aquellas ocasiones en que su complejidad así lo aconseje. Esta imagen muda, 
   acompañada por el fragor de la grada —voces, canciones, aplausos—, nos produciría la 
   sensación de que estamos en el campo y, en consecuencia, haría menos enojoso y 
   evidente que estamos ante la televisión. Cuando asistimos a un partido de fútbol, 
   nuestro deseo es presenciarlo, en modo alguno escuchar la interpretación que nuestro 
   vecino de localidad hace de las jugadas que también nosotros estamos contemplando.
   Pero todavía es peor la transmisión de partidos en diferido, cuando se nos muestra que 
   el comentarista ha visto las imágenes previamente y tiene el descaro de anticiparnos lo 
   que en cada instante va a suceder, privándonos de aquello que en deporte es importante: 
   la sorpresa. Para empezar, los resúmenes de los partidos jugados deberían facilitarse 
   antes de los resultados. Descubrir uno por sí mismo cómo termina aquello es una 
   aspiración legítima del espectador televisivo. Mas si esto es demasiado pedir, contenga 
   su palabrería el comentarista, absténgase de anunciar que «en la próxima jugada 
   veremos el primer gol del Barcelona», o «una entrada violenta de Perengano de la que el 
   árbitro no se entera». ¡Por favor, señor comentarista: concédanos el pequeño placer de 
d descubrir por nosotros mismos el gol del Barcelona o la violencia de la entrada de 
   Perengano y la impasibilidad del juez! En su afán de hacernos ver que ellos ya lo 
   conocen todo, los comentaristas en diferido privan al espectador hasta de la emoción de 
   esos balones envenenados que rebotan en la madera de la portería. «Estén atentos, 
   señores, porque veremos ahora cómo el remate de Menganito es rechazado por el 
   poste». La omnisciencia del locutor de partidos es sencillamente insufrible. Lo único 
   que nos queda por descifrar es cuál de los tres maderos de la portería es «el que repelió 
   el disparo de Menganito».
   Una imagen que requiere ser explicada es una mala imagen. Y afortunadamente las 
   imágenes futbolísticas de nuestras cámaras de televisión suelen ser buenas, cuando no 
   excelentes. Siendo esto así, la televisión únicamente debería recurrir a la retórica cuando 
   la imagen que nos facilita no es lo suficientemente explícita. Todo lo demás son ganas 
   de redundar y ponernos de mal humor.

                                                                                (Adaptado de M. Delibes, Pegar la hebra)
    Inferencia.-
     1.- El autor del texto es un apasionado del fútbol.
     2.- El autor del texto siempre ve las repeticiones de los partidos.
     3.- Los comentaristas de las transmisiones por diferido, son deficientes en su trabajo.
4.-Los comentaristas son muy redundantes.
5.-Las transmisiones en diferido no son tan emocionantes debido a los comentaristas.
















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